Asociación Casas de Asís

Acción Social Integrada para la Solidaridad
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Francisco Aurioles sitúa el encuentro con Cristo en el centro del legado de san Francisco de Asís

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La relación personal con Jesucristo fue el hilo conductor de la ponencia que el reverendo don Francisco Aurioles de Gorostiza ofreció el viernes 9 de octubre en el salón de actos del Colegio María Inmaculada de Antequera. El párroco de Santiago y San Pedro presentó la santidad de Francisco de Asís como un proceso capaz de transformar la existencia: una experiencia que se alimenta del Evangelio, encuentra su centro en la Eucaristía y se expresa en la manera de acercarse a los demás.

Anunciada con el título «Jesucristo y Francisco de Asís», la conferencia trasladó a Antequera la reflexión impartida la semana anterior en la iglesia del Santo Cristo de la Salud de Málaga, dentro de los actos organizados por la Orden Franciscana Seglar con motivo de los 800 años del tránsito del santo. El encuentro antequerano se celebró en un centro vinculado a las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones, en una ciudad que mantiene una presencia viva de la tradición franciscana.

Aurioles centró su exposición en la experiencia espiritual de Francisco. Bajo el lema «Experiencia de Jesucristo en Francisco de Asís», sitúa el comienzo de ese itinerario en encuentros concretos: el rostro del leproso, el crucifijo de San Damián, la presencia eucarística y la escucha del Evangelio. Desde esa perspectiva, comprender al santo exige atender a la relación que dio sentido a sus decisiones y a su forma de vivir.

Una santidad que compromete la vida

El ponente partió de la santidad como una llamada vinculada al bautismo y abierta a todos los cristianos. Su fuente, explicó, es la Trinidad: el Padre creador, el Hijo redentor y el Espíritu santificador. La vida espiritual aparece así como un camino de crecimiento, en el que la persona aprende a responder a Dios desde sus propias circunstancias.

La vocación ocupó un lugar en esa reflexión. Aurioles la presentó como una llamada que se escucha, se discierne y se acoge. Los ejemplos bíblicos le permitieron subrayar la importancia de la respuesta personal y de una fe que comprometa la existencia. También advirtió sobre el riesgo de identificar la vida cristiana únicamente con actividades pastorales, sentimientos positivos o prácticas externas, cuando falta una relación profunda con Cristo que las sostenga.

 

 

El Evangelio como camino de encuentro

Uno de los ejes de la conferencia fue la lectura del crecimiento espiritual de Francisco a través de los evangelios. Aurioles explicó cómo el santo encuentra inicialmente en Mateo, Marcos y Lucas al Jesús cercano que llama a la conversión, escucha, acoge y sana. Esa cercanía permite comprender una fe que alcanza a la persona entera y que se traduce en una nueva manera de relacionarse con quienes sufren.

Desde ese primer encuentro, la escucha de la Palabra y la vida de oración conducen, en la interpretación del ponente, a una comprensión más profunda del Evangelio de Juan: Jesucristo como el Verbo hecho carne, el Hijo que revela al Padre. Se trata de una maduración en la relación con el mismo Cristo, cuya humanidad y divinidad permanecen inseparables.

Francisco reconoce al Señor y Redentor en el Jesús humilde, pobre y peregrino. La contemplación del Dios que se hace hombre permite enlazar el pesebre, la vida pública, la cruz y la resurrección dentro de una misma experiencia de fe.

La pobreza como libertad para amar

La pobreza evangélica fue abordada como una libertad interior que dispone a la persona para entregarse. Aurioles distinguió ese horizonte de la miseria y puso el acento en el desprendimiento del orgullo, la autosuficiencia y la necesidad de poseer. En Francisco, la renuncia adquiere sentido por su relación con Jesucristo y por la posibilidad de hacer espacio a Dios y a los demás.

En este contexto, explicó el despojamiento de Cristo como una entrega por amor. La humildad del nacimiento y la donación de la cruz expresan, según la exposición, el mismo movimiento de un Dios que se acerca a la humanidad, «el amor de Dios no pone límites».

La conferencia relacionó esa experiencia con la paz interior y la alegría. La libertad de Francisco nace de un amor que transforma su modo de mirar y vivir. Por eso, los rasgos que habitualmente se reconocen como franciscanos remiten, en último término, a la relación con Jesús, ese estilo «es esencialmente cristológico».

 

 

La Palabra y la Eucaristía como alimento

Aurioles explicó también la importancia de la lectura orante de la Escritura, conocida como lectio divina. El recorrido de lectura, meditación, oración y contemplación ayuda a comprender cómo la Palabra puede pasar del conocimiento a la experiencia. Al referirse al ambiente monástico y a las raíces benedictinas de la Porciúncula, situó la oración de Francisco en relación con la tradición espiritual de la Iglesia.

La Eucaristía ocupó un lugar central en la ponencia. El sacerdote la presentó como la ofrenda de Cristo al Padre por la acción del Espíritu Santo y como un encuentro que alimenta la conversión. En ella, explicó, Francisco contempla al Niño de Belén, al Crucificado y al Resucitado: la presencia del mismo Señor que sostiene su vida.

La adoración fue descrita como una respuesta de reconocimiento y admiración ante el misterio de Dios. Las referencias al pensamiento de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, sirvieron para insistir en la necesidad de conservar a Cristo en el centro de la oración y de la vida eclesial. Esa centralidad permite comprender, además, la conexión entre la presencia de Jesús en la Eucaristía y su presencia en nuestros semejantes.

Un legado que interpela a la piedad popular

La exposición tuvo una resonancia particular en el ámbito cofrade. Aurioles relacionó la contemplación de la Encarnación y de la Pasión con expresiones de la tradición franciscana, desde el belén hasta la devoción a la cruz. En ese recorrido, señaló la importancia de que la piedad popular conserve su raíz espiritual y su capacidad de conducir al encuentro con Dios.

Su advertencia se dirigió a la posibilidad de que las manifestaciones religiosas queden reducidas a su dimensión exterior o al espectáculo. El valor de imágenes, celebraciones y procesiones exige, desde el planteamiento de la conferencia, una fe que les dé profundidad. El vínculo con Francisco se comprende así como una invitación a alimentar la oración y a traducirla en una forma concreta de vivir.

Personas reales que muestran un camino

Aurioles defendió una aproximación a los santos que atienda a su humanidad. Sus vidas transcurren en contextos históricos concretos, con dificultades y límites personales. Conocerlos permite descubrir que la santidad puede desarrollarse en una existencia real y que cada creyente está llamado a recorrer su propio itinerario.

Desde esa perspectiva, Francisco ofrece una orientación para el presente. Su testimonio ayuda a preguntarse cómo escuchar el Evangelio, cómo desprenderse de lo que impide amar y cómo reconocer a Cristo en quienes salen al encuentro. El ponente situó las distintas tradiciones espirituales de la Iglesia como maneras de acoger y vivir la misma raíz evangélica, manteniendo la primacía de Jesucristo.

La sesión concluyó con el rezo del Ángelus. La oración devolvió a los asistentes al misterio de la Encarnación, uno de los asuntos centrales de la ponencia. El cierre unió la reflexión con la oración compartida y dejó planteado el alcance del centenario: acercarse a Francisco de Asís para comprender la experiencia de fe que transformó su vida y preguntarse cómo puede transformar la propia.


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